Monday, July 17, 2006

Querido Capitán,

Sus palabras han llenado un vacío fraternal dejado por la furia de las contiendas. He revisado con cierta paciencia, aunque sin tiempo suficiente, la historia de los amores. Muchos pensadores han señalado ya su importancia. Pocos, sin embargo, señalan su importancia metafísica. Aún menos, entre esos clásicos metafísicos que son los filósofos, han reconocido el lugar que, como sustancia que subyace al cambio, ocupa el amor. Algunos de ellos, como Hegel, lo han hecho con mayor seriedad. Pero nadie como usted capitán, que ahora me envía esas palabras de tan profundo amor, tan profundo sentimiento. Palabras que, sin duda, son una lección de amor.
Llevo días ya disfrutando sus letras capitán. Preguntándome ¿por qué razón, siendo éste tan poderoso, el amor no los mueve a todos? Lo leo a usted junto con el diario, para equilibrar un poco esa gran tristeza y desazón que los diarios dejan hoy en día. Comienzan las notas sobre el América, Chile está inundado, California está en llamas y el llano Mexicano no se queda atrás (alguien dijo, literalmente, que de ser declarado perdedor jamás aceptaría su derrota; qué falta de amor, Capitán, qué profunda arrogancia!). Después llega Europa en donde se discrimina a homosexuales y se reprocha a musulmanes. Para tan sólo llegar al medio oriente en donde hermanos carnales, hijos todos de una misma Mesopotamia, se llenan la boca de improperios etiquetantes y sectarios inútiles para comunicar, pero utilísimos para justificar los bombardeos. En este momento decido detenerme, no puedo seguir más. La sombra de Somalia y Sudán de la siguiente página son suficiente para asquearme. ¡Qué profunda tristeza! El mundo entero está en guerra Capitán. El mundo entero no guarda para nosotros puerto alguno para un arribo seguro, tranquilo. Habremos de permanecer siempre en viaje.
Temo que no haya corsarios suficientes en el mundo para revertir esta tendencia patológica. Este mundo se va a morir lleno de odio. Corrijo, morirá de inanición. Se habrá vaciado de amor. Pronto tendremos que viajar a otros planetas!
Decido entonces volver a sus letras. Dejar tanta tristeza de lado y empaparme de beldad. Y es que, querido Capitán, lo que usted me ha ofrecido es precisamente un salvavidas, una barca corsaria capaz de llevarme por turbias aguas hacia distintos derroteros donde el galeón de nuestra orden suele esperar. Agradezco infinitamente su presente y el gran honor con él que usted me confiere. Nuestros marinos en mucho habrán de agradecerle también.
Desde las tormentosas aguas del mar del norte,
Quedo siempre suyo,

Lasloe Barbapersa,
Capitán Segundo de la Orden Errante Corsaria


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Sólo hablando de amor Capitán se puede hablar desde el alma llena de sangre. Sólo es necesario sentir amor Capitán para que vuelen las golondrinas que se posan en los lindes de los navíos carcomidos por múltiples batallas.
Solo para responder con amor a su amor.
Le mando unas cartas Capitán que encontré muy profundamente ocultas en los misteriosos mares del corazón, son cartas antiguas dirigidas a una sirena que conocí hace ya infinitas noches, las rescate de las mareas, las seque con el viento y las he limpiado de sal y arena.
Solo las comparto con usted Capitán para que conozca lo que he descubierto.
Son éstas, escritas desde alteregos y dirigidas a la que es dueña de mi vida toda.
¡Capitán, somos hermanos y el amor nos une!
¡Avante Capitán, que sigan los mares rugiendo que nuestro corazón sólo se ha fortalecido!
¡Amor por nuestra patria errante Capitán, Hermanad por nuestro hogar!
Capitán Bubarraz Ramram.

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Querido Capitán,
Bubarraz,
Ram Ram!

Un gran placer hincha mi pecho tras leer sus justas fraces. Por
primera vez, desde que un temporal comenzó azotar las aguas, he
logrado escuchar algo que asemeje más a un cántico que a un lamento.
Ya comentaba Catalina, aquella sirena de los altos mares del centro,
que lo importante de lenguaje es la lengua que en voz de ronco pecho a
los aires se presta. Ya comentaba Coetzee, inspirador de la sirena,
que la fonética es la esencia misma del lenguaje, que las palabras no
surgen sino para hacer melodías, para llenar la tan inmensamente vacua
alma humana. Porque a la música se prestan nuestros cornos, de bodas,
sepulcros y batallas. Porque a la música le siguen nuestros cuerpos y
el resultado es bailar. Porque bailar, como ya lo había dicho ese gran
sabio, corsario astuto entre mares vacilantes, secreto escucha de la
buya que a todos ensordece, bailar lo es todo. Quien deja de bailar
deja de amar. Así es como comienza una veloz y corta carrera hacia el
envejecimiento, la eternización de las posturas, el matrimonio de las
cosmogonías. Así es como la gente pasa de partidario a partidista.

Ahora comprendo. Tiempo después de escuchar tan sabias palabras en
alguno de los tantos puertos que nuestras naves habrán de visitar,
logro sentir detalle a detalle, palmo a palmo, su significado. Los
seres que se dicen sintientes, están perdiendo sensibilidad. El mundo
deja de ser grande e inabarcable y pasa a ser aun menos que un detalle
bicolor. Comenzarón por dividir al mundo en dos, los nuestros y los
idiotas. ¿En qué, me pregunto en qué, irán a parar? Lo que más me
preocupa, querido capitán, es verificar - gracias a su secreto
servicio de información portuaria - que estas personas han entregado
sus almas a la parálisis. Dejan de bailar, dejan de reír e incapaces
de burlarse de sí mismos comenzarán a destruir a los demás.

Me pregunto también, altísimo corsario, por qué el mundo ha tardado
tanto en entender la lección de ese otro gran corsario, el así llamado
Empedo de Clés. Sospecho que mucho tiene que ver también con las
razones por las cuales yo mismo, avergonzando un tanto mi corsaria
investidura, he tardado en entender que la embriaguez del amor es la
explicación que tanto hemos buscado. Porque es imposible bailar sin
amar, imposible cantar sin amar. Pero siempre es posible odiar y
destruir, cerrar ojos, oídos y boca, volverse bípedos implumes y no
angélicos navegantes, cuando está ausente la sustancia empedóclea.

Algo hace falta, algo duele por su ausencia. Ese algo, sospecho, es
la labor moresca del corsario Bubarraz que al mundo ha ofrecido darle
la defensa del baile en negro sobre blanco pero que hasta ahora ha
mantenido guardado en cofradía, como si de un secreto preciado se
tratase. Y lo es, lo entiendo, pero tal vez, sólo tal vez, sería útil
abrir ese libro musical para combatir a la desordenada Pandora que a
tantos hipnotiza, que a tantos aturde.

Por otra parte, el reconocer el largo tiempo que me ha tomado
convertirme en verdadero corsario, me hace perder un tanto de fé en
los bañistas de las azotadas aguas que día con día van y vienen con
la marea sin permitirse en momento alguno girar y cambiar el rumbo.
Cuándo podrán finalmente entender que la única manera de ser es no
ser, que sólo negando una necia persona sobreimpuesta y tercamente
confirmada es como uno logra realmente ser algo. Cuándo se aceptará al
fin que para estar arriba hay mantenerse siempre abajo, acechante,
flexible, dispuesto a dar el paso de baile que con un quiebre de
cintura deje atrás los juicios concluyentes y los dogmas que tanto
piden ser confirmados.

Como podrá ver ya entre mis líneas, esta carta tiene dos caras. Es una
carta de eterno agradecimiento por la amorosa lección de un corsario a
su contraparte, para quien, con eterna paciencia y silencio, se ha
dado a la tarea de instruir en el arte del corsario (que no es, ni por
lejos, el así llamado arte de Fromm). A la vez, ésta es una carta
apologética... Pues si bien me he interesado por defender a capa y a
espada el derecho de bailar a un lado, al otro, por encimo y por abajo
de comicios y gritos electoreros y policiales, debí en algún momento
guardar silencio y bailar en corsario. Entiendo a la perfección los
motivos de su silencio. Más aún, lo admiro y aplaudo. Su servicio
espía no hace más que reconfortar el movimiento de estos inquietos
pies de corsario.

Sigamos pues, bailando hasta el amanecer de cada noche, hasta en un
muy próximo crepúsculo nos encontremos con el alto mirante, Capitán de
Clés, entre el Rhin y el Elba, o mejor aún, con nuestros moros
compatriotas, entre el Tígris y el Éufrates.

Reciba de todo corazón esta bienvenida corsaria al ya suyo mundo en
donde comienza la eterna búsqueda de Averroes.

con respetuoso y admirado amor,

Lasloe Barbapersa,
Capitán

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